2026 arrancó con un estreno muy esperado por los amantes del cine de terror. Tras su paso por festivales internacionales, La Virgen de la Tosquera, la nueva película de Laura Casabé, llegó a las salas argentinas. Basada en los cuentos “La Virgen de la Tosquera” y “El carrito”, de Mariana Enriquez, la película propone un terror que se va espesando en la experiencia de un verano en el conurbano bonaerense. La historia sigue a un grupo de adolescentes atravesadas por el deseo, la obsesión y ese desconcierto propio de la edad, en un contexto donde el calor es una presencia constante que impregna los cuerpos, los espacios y el tiempo del relato.
Sin caer en spoilers (si aún no la vieron, todavía están a tiempo de encontrarla en algunos cines), la trama se sitúa en un contexto que remite a principios de los 2000, con una crisis social de fondo. Sin embargo, muchas de las escenas dialogan directamente con la experiencia actual de los veranos en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA): las casas donde el calor no da tregua, la pelopincho, amontonarse frente al ventilador, el corte de luz en el momento más inoportuno y la búsqueda constante de un lugar donde refrescarse. En ese recorrido aparece la tosquera, esos espejos de agua que en realidad son canteras abandonadas, y que no requieren de ningún elemento sobrenatural para convertirse en “trampas mortales”: constituyen un riesgo real por sus suelos inestables y corrientes internas.
Pero el comienzo de 2026 no sólo estuvo marcado por este hito cinéfilo. También coincidió con un episodio de calor extremo en el AMBA durante los últimos días de 2025 y el inicio del nuevo año, con temperaturas cercanas a los 40 grados. El calor no dio respiro ni siquiera durante la madrugada, con mínimas en torno a los 27 grados y una sensación térmica cercana a los 29. A eso se sumaron cortes de luz que dejaron sin servicio a miles de hogares justo en los momentos en que más se necesitaba. Y también aparecieron otras escenas, más propias del cine catástrofe, pero en la vida real, como la pista de Aeroparque deformándose por el calor y obligando a suspender decenas de vuelos.
Lejos de ser episodios aislados, estos eventos forman parte de una tendencia más amplia. En el contexto del cambio climático, el calor extremo dejó de ser una excepción para convertirse en una condición cada vez más presente. En Argentina, los días en ola de calor se han cuadruplicado desde los años 60 hasta hoy, y las proyecciones indican que seguirán aumentando. En la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, durante el verano 2022-2023, se registraron 26 días en cinco olas de calor y la mínima récord fue de 30 grados. Dormir con esa temperatura, sin aire acondicionado, se acerca bastante a una escena de terror.
El calor extremo tiene impactos comprobados en la salud. Se estima que más de medio millón de personas muere cada año a nivel global por causas asociadas a las altas temperaturas1. Pero sus efectos no se agotan en los casos más extremos y se despliegan en otros planos: incluyen un aumento de hospitalizaciones, la exacerbación de enfermedades crónicas, mayor riesgo durante el embarazo, la expansión de enfermedades transmitidas por vectores y el agua, así como impactos en la salud mental e incluso un aumento de la violencia. A esto se suman las conductas de riesgo que muchas veces se adoptan para escapar del calor, como nadar en tosqueras u otros espacios no habilitados, peligrosos o contaminados.
En este sentido, el calor no afecta a todos por igual. Su impacto depende de las condiciones individuales en las que se lo atraviesa: la edad, el estado de salud o el uso de ciertos medicamentos pueden aumentar el riesgo. Las personas mayores son particularmente vulnerables, al igual que los niños y niñas pequeños y quienes tienen enfermedades preexistentes o discapacidad. En estos casos, el cuerpo tiene más dificultades para regular la temperatura y responder al estrés térmico, lo que incrementa el riesgo frente a eventos de calor extremo.
A estas condiciones se suman factores vinculados a la vida cotidiana: la calidad de la vivienda, la disponibilidad de espacios verdes o frescos cercanos, las redes de cuidado disponibles y las condiciones en las que se desarrollan las actividades diarias, especialmente el trabajo, hacen una diferencia. En áreas metropolitanas como el conurbano bonaerense, donde el crecimiento urbano muchas veces no fue planificado, estas desigualdades se profundizan, con menor acceso a servicios, a hogares adecuados para enfrentar el calor y a espacios verdes y públicos de calidad. En esa trama se define quién puede encontrar refugio del calor y quién queda más expuesto a sus efectos. Lo que para algunos puede ser una incomodidad pasajera, para otros se convierte en una situación de riesgo.
Entonces, ¿cómo evitamos que el calor se convierta en una película de terror? Si bien existen recomendaciones y conductas de autoprotección importantes, como mantenerse hidratado, evitar la exposición en los horarios de mayor temperatura y, sobre todo, estar atentos al cuidado de las personas más vulnerables, la mejor manera de reducir los riesgos es a través de políticas públicas que permitan anticipar, prevenir y dar respuesta a estos eventos.
Para esto, las respuestas pueden organizarse en dos grandes ejes: por un lado, la preparación frente a eventos extremos y, por otro, la transformación de las ciudades. Al respecto, en Argentina, el Servicio Meteorológico Nacional cuenta con un sistema de alertas tempranas por temperaturas extremas (SAT-TE), que define distintos niveles de alerta (amarilla, naranja o roja) según la localidad. A partir de estas alertas, los gobiernos locales pueden organizar su respuesta mediante protocolos de actuación: sería como contar con un guion para cada escena, donde se defina qué actores intervienen, quiénes toman las decisiones y qué acciones se ponen en marcha en sectores como salud, educación o desarrollo social. Algunas ciudades ya avanzan en esta línea: en Sídney, por ejemplo, existe un protocolo que se activa ante alertas de calor y define medidas concretas para proteger a personas en situación de calle, como la distribución de agua, el acceso a alojamiento temporal y la habilitación de espacios de enfriamiento.
Del mismo modo, se pueden pensar planes de acción específicos frente a eventos de calor extremo, que permitan organizar la respuesta más allá de la emergencia. La ciudad de Córdoba, por ejemplo, cuenta con un plan de acción frente a olas de calor1 que combina medidas inmediatas con acciones de mediano y largo plazo, y que articula a distintas áreas de gobierno. A esto se suman intervenciones concretas durante los días de más calor, como las estaciones climáticas de San Miguel de Tucumán, que ofrecen agua y protector solar en zonas de alta circulación, o los refugios climáticos en Rosario, que permiten a las personas resguardarse de las altas temperaturas.


La comunicación también cumple un rol central. Informar sobre cómo actuar frente a eventos de calor extremo, reconocer señales de alerta y saber cuándo y dónde buscar ayuda puede hacer una diferencia significativa, especialmente en contextos de mayor vulnerabilidad. En esta línea, CIPPEC desarrolló una guía de comunicación para eventos de calor extremo2 , con recomendaciones y buenas prácticas para la comunicación efectiva y responsable del riesgo.
El segundo eje apunta a transformar la forma en que diseñamos y habitamos nuestras ciudades. En un contexto de cambio climático, reducir los impactos del calor implica repensar el entorno urbano. La incorporación de arbolado y espacios verdes, por ejemplo, permite generar sombra y mitigar el efecto de isla de calor urbana. En Ituzaingó, partido del Gran Buenos Aires en el que viven nuestras protagonistas, se desarrolló el Plan Estratégico Bosque Urbano 2030, que propone crear corredores biológicos con 9.000 nuevos árboles. También se pueden sumar estrategias vinculadas a la vivienda, como el diseño bioclimático, que mejora las condiciones térmicas de los hogares.
En un escenario en el que el calor extremo es cada vez más frecuente, el desafío es que deje de ser una experiencia de riesgo en la vida cotidiana y no dependa solo de cómo cada persona logra atravesarlo, sino también de las redes disponibles, de la planificación y la preparación institucional y de las respuestas que se construyen desde lo colectivo. En definitiva, se trata de que el calor no se convierta en una película de terror, y que eso quede para el cine.

“La Virgen de La Tosquera”, una película de Laura Casabé basada en cuentos de Mariana Enriquez.