Día Mundial del Ambiente: más de medio siglo de conciencia ambiental, ¿fue suficiente?
Paula Castellano

El Día Mundial del Ambiente se celebra cada vez con más conciencia y peores indicadores. Un repaso por la triple crisis planetaria, la importancia de la participación ciudadana y el regreso del yaguareté como símbolo de que los cambios también son posibles. 

Hoy, 5 de junio, se celebra el Día Mundial del Ambiente. Y quizás la palabra “celebrar” resulte un poco incómoda cuando pensamos en el estado actual de la naturaleza y el clima. Más que una fecha para festejar, es una invitación a detenernos un momento y reflexionar. Pero antes de hacerlo, vale la pena repasar brevemente el origen de esta efeméride.

Fuente: ONU

¿Qué es el Día Mundial del Ambiente y para qué sirve celebrarlo?

Hace 54 años, en 1972, la Asamblea General de las Naciones Unidas estableció el Día Mundial del Medio Ambiente en el marco de la Conferencia de Estocolmo sobre el Medio Humano, considerada uno de los primeros grandes hitos de la agenda ambiental internacional.

El objetivo fue, y sigue siendo, generar conciencia, poner el tema en agenda y promover que, al menos una vez al año, gobiernos, organizaciones, empresas, instituciones educativas y ciudadanos de todo el mundo nos detengamos a pensar sobre el valor de aquello que nos rodea. Porque cuidar el ambiente es también cuidar nuestra salud, nuestra calidad de vida y las oportunidades de las generaciones futuras. Cuidar el ambiente es cuidarnos a nosotros mismos.

Ahora bien, más de medio siglo después de aquella conferencia surge una pregunta inevitable: ¿sirvió de algo establecer un día del ambiente?

A simple vista, los indicadores no son alentadores. La temperatura media global sigue aumentando, los ecosistemas continúan degradándose, la pérdida de biodiversidad avanza a un ritmo preocupante y la contaminación crece. Sin embargo, eso no significa que debamos dejar de hablar del tema. Todo lo contrario.

Durante las últimas décadas la conciencia ambiental creció como nunca antes. Hoy existe más información, más evidencia científica, más organizaciones trabajando en diferentes temáticas y una ciudadanía mucho más involucrada. Por ejemplo, según una encuesta realizada en 2025 por la consultora Sentimientos Públicos, al 82% de los argentinos le preocupa mucho el ambiente al pensar en las futuras generaciones y el 84% considera muy o algo urgente tomar medidas para frenar el daño ambiental.

En este contexto, recuerdo una frase que me compartió un profesor de Climatología durante la universidad: “No solo es importante pensar qué planeta les vamos a dejar a las próximas generaciones, sino también qué generaciones le estamos dejando al planeta”. Quizás ahí se encuentra parte del desafío. Porque las transformaciones ambientales también son culturales, educativas y sociales (y ni hablar de políticas y económicas).

Por eso, más allá de los avances y los retrocesos, seguir hablando de ambiente sigue siendo necesario. Especialmente cuando los desafíos son cada vez más complejos y sus consecuencias forman parte de nuestra vida cotidiana.

Este año, por iniciativa de la ONU, el día mundial del ambiente se centra en el cambio climático y la consigna es #PorElClimaYa.

Fuente: Getty Images / BBC. Inundación en Bahía Blanca (Bs. As.) en 2025. 

La triple crisis que define nuestro tiempo

El cambio climático ocupa buena parte de la conversación ambiental actual, y con razón. Desde hace décadas la comunidad científica viene advirtiendo que la crisis climática ya no es un escenario futuro ni una amenaza lejana: está redefiniendo la vida en todo el planeta, hoy. Sus efectos forman parte del presente y se manifiestan a través de olas de calor más intensas y frecuentes, inundaciones, sequías prolongadas, incendios forestales y otros eventos extremos que afectan a millones de personas en todo el mundo.

Sin embargo, el cambio climático es apenas una parte de una problemática mucho más amplia. Hoy los especialistas hablan de una triple crisis planetaria: el cambio climático, la pérdida acelerada de biodiversidad y la contaminación. Se trata de tres procesos distintos, pero profundamente conectados entre sí, que están transformando los ecosistemas y afectan cada vez más nuestra vida cotidiana.

Para entender mejor de qué estamos hablando, vale la pena detenerse en tres datos. Según Naciones Unidas, el período 2015-2025 fue el más caluroso de la historia registrada. La Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad (IPBES) estima que alrededor de un millón de especies animales y vegetales están amenazadas de extinción, muchas de ellas en las próximas décadas. Y la contaminación del aire provoca alrededor de 7 millones de muertes prematuras por año, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tres fuentes distintas, tres dimensiones distintas de una misma crisis.

Las consecuencias de estas crisis atraviesan todos los aspectos de nuestra vida, incluida la economía. Según un informe reciente de la ONU, cumplir los objetivos del Acuerdo de París podría evitar alrededor de un millón de muertes por año hacia 2050, solo por la reducción de la contaminación del aire. Y el costo de la inacción es concreto: en los últimos diez años, los eventos climáticos extremos generaron pérdidas económicas estimadas en más de un billón de dólares a nivel global.

Argentina conoce bien esta realidad. La sequía de 2022-2023 generó pérdidas de alrededor de 20.000 millones de dólares en el sector agropecuario, equivalentes a casi 3 puntos del PBI, con una caída del 24% en las exportaciones durante los primeros nueve meses de 2023 (Chequeado.com). Lejos de ser una cuestión exclusivamente ambiental, la crisis climática también es una cuestión productiva, social y económica.

 Fuente: Pete Ryan / National Geographic Creative – Jacqueline Lisboa / WWF-Brazil & WWF Colombia 

Cuando el Estado deja de nombrar el problema

En Argentina, incluso la forma de nombrar algunos de estos problemas se volvió motivo de controversia. Durante los últimos 3 años, trabajadores de organismos públicos como el INTA y el Servicio Meteorológico Nacional denunciaron restricciones o cuestionamientos al uso de términos como “cambio climático”, “sustentabilidad” o “agroecología” en documentos y comunicaciones institucionales.

Más allá de las discusiones políticas, existe una cuestión de fondo: lo que no se nombra difícilmente pueda debatirse. Y si no se debate, resulta mucho más difícil construir conciencia social, exigir políticas públicas o impulsar transformaciones en los modelos productivos y de consumo. Nombrar los problemas no los resuelve, pero suele ser el primer paso para empezar a enfrentarlos.

Durante mucho tiempo los temas ambientales quedaron relegados a ámbitos académicos o científicos. Sin embargo, cuando comenzaron a llegar a los medios de comunicación, las escuelas, las organizaciones sociales y las conversaciones cotidianas, se volvieron parte de la agenda pública.

Y cuando una sociedad reconoce un problema, también puede empezar a discutir soluciones, exigir respuestas y participar en las decisiones que afectan su presente y su futuro. La historia de muchas conquistas ambientales demuestra que los cambios rara vez surgen de manera espontánea: suelen comenzar cuando ciudadanos, comunidades y organizaciones deciden involucrarse y luchar por una causa común.

Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes del movimiento ambiental en las últimas décadas: los cambios no dependen únicamente de decisiones tomadas desde arriba. Cuando una sociedad reconoce un problema, también puede empezar a organizarse para transformarlo.

Responsabilidades comunes pero diferenciadas

Ahora bien, reconocer el papel de la ciudadanía no implica desconocer quiénes son los principales responsables de las crisis ambientales que atravesamos. No todas las personas, empresas o países tienen la misma responsabilidad en el calentamiento global, la contaminación o la pérdida de biodiversidad.

Históricamente, gran parte de los países desarrollados construyeron su crecimiento económico e industrial gracias al uso intensivo de combustibles fósiles y recursos naturales. Estados Unidos, por ejemplo, acumula la mayor cantidad de emisiones de CO₂ históricas a nivel global, seguido por China y la Unión Europea como bloque. Como resultado, la huella ecológica y las emisiones acumuladas de los países industrializados son considerablemente mayores que las del Sur Global.

Por eso, dentro de las negociaciones internacionales sobre cambio climático surgió un principio que sigue siendo central: el de las “responsabilidades comunes pero diferenciadas”. Todos compartimos la responsabilidad de enfrentar la crisis ambiental, pero no todos contribuimos a ella de la misma manera ni contamos con los mismos recursos para hacerlo.

Las grandes problemáticas ambientales responden, en gran medida, a decisiones políticas, económicas y productivas que exceden las posibilidades de acción de cualquier individuo. Por eso, los grandes problemas requieren grandes políticas públicas. La transición energética, la protección de ecosistemas, la gestión de residuos, la planificación urbana o la reducción de emisiones necesitan decisiones de largo plazo, inversiones y marcos regulatorios adecuados. Pensar que la crisis ambiental puede resolverse únicamente a partir de cambios individuales sería simplificar un problema profundamente estructural.

Fuente: El Grito del Sur

Pensar globalmente y actuar localmente

Sin embargo, que las soluciones requieran transformaciones profundas no significa que la sociedad deba permanecer inmóvil. Como ya dijimos previamente, muchas de las conquistas ambientales que hoy damos por sentadas comenzaron como demandas impulsadas por ciudadanos, organizaciones sociales, comunidades locales o grupos de científicos que lograron instalar determinados temas en la agenda pública.

La Ley de Bosques (N° 26.331), sancionada en 2007, es un ejemplo concreto: organizaciones ambientalistas y ciudadanos de todo el país recolectaron un millón y medio de firmas y las entregaron al Senado para exigir el tratamiento urgente de la norma. Esa presión sostenida fue parte del proceso que llevó a su aprobación y que desde entonces fue clave en la reducción de la tasa de deforestación. No fue una decisión que vino desde arriba. Fue el resultado de una presión sostenida desde abajo. 

La acción local también importa. Los problemas ambientales son globales, pero muchas de las soluciones comienzan en escalas mucho más pequeñas, en territorios concretos y a partir del trabajo sostenido de personas que deciden involucrarse.

                          Fuente: Greenpeace. 

El regreso del yaguareté: una historia de esperanza

Argentina ofrece un ejemplo muy claro. Durante décadas el yaguareté fue desapareciendo del noreste del país por la destrucción de su hábitat y la caza furtiva, hasta quedar ausente, por ejemplo en Corrientes por más de setenta años. Lo que parecía una extinción local definitiva empezó a revertirse gracias al trabajo conjunto de científicos, la Fundación Rewilding Argentina, comunidades locales, trabajadores de campo y organismos públicos como la Administración de Parques Nacionales. 

Los resultados hoy son concretos: en lo que va del 2026, el proyecto alcanzó los 50 yaguaretés en estado silvestre en el norte del país, con ejemplares reproduciéndose de manera autónoma tanto en el Gran Parque Iberá como en El Impenetrable. El programa también realizó la primera translocación silvestre de un yaguareté entre parques nacionales en la historia argentina (y a nivel mundial), trasladando a un ejemplar desde los Esteros del Iberá al Parque Nacional El Impenetrable. Lo que durante años fue considerado un sueño improbable hoy es una realidad que se continúa monitoreando. 

Historias como esta nos recuerdan que los cambios ambientales no siempre ocurren de manera inmediata ni responden a una única decisión. Son el resultado de procesos largos, esfuerzos colectivos y la capacidad de distintos actores para construir objetivos comunes.

Quizás esa sea una de las lecciones más importantes que deja el Día Mundial del Ambiente. Ninguna transformación profunda ocurre únicamente desde arriba ni únicamente desde abajo. Las políticas públicas son fundamentales, pero también lo son las comunidades que las impulsan, las sostienen y las exigen.












Paula Castellano

05/06/2026

Paula Castellano

Licenciada en Ciencias Ambientales. Cuenta con experiencia en gestión de proyectos ambientales y trabajo territorial en distintas regiones del país. También trabajó en comunicación ambiental y actualmente sus principales áreas de interés son la conservación de la biodiversidad, la restauración de ecosistemas y la gestión sostenible de los recursos naturales.

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