En el mes de mayo se estrenó Caranday, un documental que registra el pasado y el presente del pueblo cordobés de Copacabana, su cultura y su vínculo con la palma nativa Caranday, la materia prima del trabajo de cestería que identifica al pueblo. Los incendios y las maneras de sobrevivir después, son parte del registro de esta proyección audiovisual.
A 137 kilómetros al noreste de la ciudad de Córdoba, se encuentra el poblado de Copacabana, departamento de Ischilín, con apenas unos 300 habitantes. En esta comuna de artesanos y artesanas campesinas, no hay nadie que no sepa cómo trabajar la palma Caranday. Desde canastos hasta escobas, la gente de Copacabana admite llevar el tejido en sus manos desde antes de nacer.

El Fruto del Oficio: En Copacabana, una comuna de apenas 300 habitantes en el departamento de Ischilín, el arte de tejer la palma Caranday es la base de su economía e identidad.
En el año 2020, los incendios en el norte de la provincia llegaron hasta Copacabana. El paisaje dejó el suelo ennegrecido y los troncos desnudos de la Caranday estirados como intentando llegar al cielo. “Comenzamos a filmar en 2020, pocos días después de los incendios. En ese momento encontramos un panorama desolador: extensas superficies arrasadas, palmas carbonizadas y una comunidad con el temor de perder su trabajo sin saber cómo seguir”, dice hoy Juan Manuel Repetto, director del documental, quien hace seis años reside con su familia en la localidad de La Cumbre.

Resiliencia en el Territorio: Las familias de Copacabana recorren el monte tras los incendios, donde la palma Caranday comienza su recuperación.
Sin embargo, la filmación tuvo que frenarse por falta de presupuesto y presentaron un proyecto al Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA). “Una vez aprobado, retomamos el rodaje a comienzos de 2024”. Los contrastes entre las imágenes de un año y otro, permiten ver el proceso de esta palmera nativa en su recuperación. “La segunda etapa del documental llegó en 2024, cuando el paisaje había cambiado, pero el conflicto seguía presente” -continúa Juan- dando cuenta de la incertidumbre que tenían las pobladoras, ya que la materia prima para la cestería demora muchos años en recuperar su calidad para el tejido.
Un punto blanco en el centro de la tierra negra. Apenas se mueve. Camina con la cadencia de un cuerpo sin comida. Desde arriba, las imágenes que recorre el dron visualizan a una vaca en medio de un paisaje inanimado. La cámara avanza, sobrevuela sobre la sombra del monte que fue. Un sinnúmero de postes inertes delimitan a un territorio arrasado. Corre la primavera del año 2020, y los montes con palmas de Caranday están en llamas, detonan en chispas como fuegos artificiales.

La Caranday –Trithrinax campestris– su nombre botánico, se distribuye entre el oeste de Uruguay y Argentina. Es típica de la región del Espinal y del Chaco árido, serrano y semi árido. Aparece en San Luis, Entre Ríos y el norte de Córdoba y Santa Fe. Es muy volátil y conserva mucho la temperatura, por lo que es muy difícil de apagar cuando hay un incendio.
Los ejemplares adultos están cubiertos hasta la base por hojas muertas con sus vainas, una pollera que se quema enseguida y deja al descubierto su corteza lisa de un castaño grisáceo. Pero dentro de los tallos carbonizados, sobrevive el brote. Sus semillas se ven favorecidas por la acción del fuego para germinar y -a diferencia de las especies leñosas- el paisaje del palmar se reproduce rápidamente. Sin embargo, se tarda unos cuatro o cinco años para poder volver a utilizar sus hojas en el tejido.
Cuando el fuego alcanzó a las palmeras, todo se puso en riesgo, no sólo el ambiente, sino también el trabajo: “la fuente de ingresos y la cultura ancestral de la comunidad”, explica Juan Manuel y ahí nació la idea de hacer el documental.
A los pocos días de apagarse el fuego, se dirigieron hacia Copacabana y comenzaron a filmar. Atravesaron ese camino que se abre hacia el oriente, 26 kilómetros de tierra, donde se descubre el paisaje que conecta a parajes hoy casi despoblados: Maza, San Antonio de Nunsacate y Copacabana. Entre paredones arcillosos y rojizos, la palma de Caranday fue sólo un vestigio de humo aquel 2020, cuando el pueblo de los artesanos y artesanas entrelazó sus manos en la ronda que motorizó las ideas para salir adelante.
Patios abiertos
Desde los patios de Copacabana se pueden ver los matices que toman los cerros por su vegetación. Algunos cuentan que Copacabana significa mirador azul, en los atardeceres de invierno los cerros suelen verse de una tonalidad azulada, entreverada de nubes cargadas de frío y los rayos del sol descendiendo por estas latitudes.
Para los primeros encuentros, Juan Manuel cuenta que fue clave el acompañamiento del INTA Cruz del Eje, que ya contaba con experiencia de trabajo en Copacabana. “Gracias a ese vínculo nos abrieron las puertas con mucha confianza desde el primer día y nos relacionamos rápidamente con las artesanas. Con mucha generosidad, nos compartieron la incertidumbre que vivían y, al mismo tiempo, nos mostraron su oficio”, dice.
Un año antes de los incendios, Gladys Cáceres me explicaba con detalle el proceso de recolección de la palma. Por ese entonces, tenía 55 años y hacía 22 que había llegado desde San Marcos Sierras a Copacabana. Como integrante de la Asociación de Artesanos Campesinos de Copacabana, decía que en el origen de su tejido estaba su abuela, Eloisa, “ella era indígena y tejía la palma desde hacía muchos años”, me había contado una tarde de invierno fría con unas 500 hojas de palma colgadas en un tendal de su patio para el secado.

Cultura y Territorio: El arte de transformar la palma Caranday en cestería, un oficio ancestral que define la identidad de la comunidad de Copacabana. Un conocimiento transmitido por generaciones, donde cada fibra tejida es una lección de sostenibilidad y cultura ambiental.
Como islas en medio de un bosque serrano, la altura de la Caranday puede variar entre dos y seis metros y sus hojas tienen la forma de un abanico de un color verde opaco, cubierto de una fina capa de cera. “Ya con solo verla, me voy dando cuenta cuál es la más blandita. Hay que cortarla y desorillarla, sacarle la parte más cortita de la hoja, secarla, rallarla y remojarla. Yo las entrego listas”, había dicho abriendo sus manos gastadas por tres décadas de tanto recolectar metida en el monte.
El Valle de Copacabana estuvo poblado por aldeas de Comechingones hasta la llegada del español, quedando sus últimos pobladores reducidos en la aldea de Nunsacat. Sus antiguos pobladores han dejado vestigios en pictografía, aleros, morteros, y se estima que el trabajo de la palma también. En las últimas excavaciones arqueológicas realizadas entre los años 1989 y 1993, se pudo constatar que estas tierras estuvieron pobladas desde hace más de 6000 años.
Adentro de su casa, Gladys me había mostrado algunas cosas encontradas en el poblado: bochas, punta de flechas, cuñas y un hacha de piedra. “Estas son tierras de comechingones”, había dicho, mientras las volvía a acomodar en un armario. La conservación de esa memoria ancestral permanece en lo que las vecinas y vecinos protegen, como atesorando el pasado que sienten aun latiendo monte adentro, en la memoria misma de la Caranday.
Tan sólo un año después de este encuentro, el fuego llegaría por la noche y en menos de cinco horas lo quemaría todo. El horizonte se hizo un tajo caliente que se extendió de manera voraz: “el fuego corría como una liebre”, contarían más tarde los vecinos. Cinco años después, el documental Caranday salió al ruedo y puso en el centro de la narrativa las formas en que la población se organizó para conseguir la materia prima y sostener su trabajo hasta la actualidad.

El Horizonte se Hizo Tajo Caliente: Tan solo un año después del encuentro con los artesanos, el fuego llegó por la noche. En menos de cinco horas, “corriendo como una liebre”, el incendio lo quemó casi todo.
En la pantalla grande
Un martes 20 de mayo se realizó el estreno en el Centro Educativo Juan Martín de Pueyrredón, de Copacabana. La proyección se hizo en un salón muy grande de la escuela y se llenó de gente. “Fue la primera y la vivimos junto a la comunidad de artesanos y artesanas que hicieron posible este proyecto” -dice Juan Manuel –“fue la función más dialogada y cargada de risas de todas las que hicimos hasta ahora, pese a que el documental narra un proceso complejo, luego de una tragedia como el incendio”.
En la película hay mucha participación de las niñeces del poblado, “pero habían crecido mucho desde que comenzamos a filmar. Así que se veían en la pantalla siendo pequeños, y eso les causaba mucha gracia. Había mucha complicidad entre ellos”.
La empatía y el cariño que sintieron desde las artesanas y docentes, fue una constante que también hizo posible el documental. “Después de la presentación compartimos un asado y hasta hicimos un taller improvisado de cestería”, relata Juan Manuel y agrega que las proyecciones permiten dar a conocer el trabajo y son una ocasión para que las artesanas se vinculen con nuevos clientes de un modo directo, para vender sus mercaderías sin intermediarios y a un precio justo. “Pensamos que la difusión de la película puede ser una oportunidad para que muestren su trabajo en lugares donde tal vez no lo conocen y que, incluso donde hoy se vende cestería de Copacabana, la gente pueda conocer qué hay detrás de esos canastos, quiénes son las personas que se dedican a este oficio, cómo lo hacen y viven”.
En Copacabana algunas familias tienen sembrados y cabras, una producción de subsistencia familiar. El fruto de la Caranday aparece entre enero y marzo, es una drupa carnosa y amarillenta, que le gusta mucho a los animales y además, machacada en agua y fermentada se utiliza para destilar aguardiente. Entre marzo y abril, el poblado se perfuma de jazmín: es la temporada en que florece la palma y se llenan de flores blancas amarillentas que se agrupan en forma de varas entre sus hojas.
Conocer qué hay detrás de la cestería de la palma de Caranday, es también encontrarse con un ejemplo del aprovechamiento sustentable de la materia prima. Todos saben que el corazón de la palma, donde están los brotes amarillos en los bordes de la planta, no se debe cortar, porque después nunca más dará hojas nuevas.

Caranday -el documental– es una invitación a encontrarse con el corazón de una comunidad donde lo ancestral pervive en la práctica de la cestería. El saber que nace, desde hace mucho tiempo, entre las manos de su gente.
Tráiler
FICHA TÉCNICA
Película: CARANDAY
PAÍS: Argentina
AÑO: 2025
DURACIÓN: 67 MINUTOS
GÉNERO: Documental
EQUIPO TÉCNICO
PRODUCCIÓN, GUIÓN Y DIRECCIÓN: JUAN MANUEL REPETTO
PRODUCCIÓN EJECUTIVA: DIEGO GACHASSIN
FOTOGRAFÍA Y CÁMARA: ANDREA PÉREZ Y MARIO TIZÓN
MONTAJE: CARLA MARÍA GRATTI
POST DE SONIDO Y MÚSICA ORIGINAL: MARIO MILAZZO
SONIDO DIRECTO: EZEQUIEL BRODZKY
CORRECCIÓN DE COLOR : BRUNO GACHJASSIN
DISEÑO TÍTULOS Y AFICHE: CARLA MARÍA GRATTI
Patricia Gómez, Gladys Cáceres, Gisela Rodríguez, Fernanda Madriaga, Eugenia Almeida,
Nicolás Mari, Mabel Heredia
ELENCO: Patricia Gómez, Graciela Gómez, Gladys Cáceres, Gisela Rodríguez, Jéssica Rodríguez, Eliana Rodríguez, Analía Cáceres, Lucía Cáceres, Romina Cáceres, Fernanda Madriaga, Eugenia Almeida, Luis Sbiroli, Julio Olmos, Biviana Cáceres, Nancy Cáceres, Enrique Cáceres, Mónica Correa, Cirila Pucheta, Betania Pucheta, Susana Correa, Belén Correa, Nicolás Mari, Némesis Guevara, José Tessi, Faustina Peralta, Cristina Iracet, Gastón Duarte, Mercedes Heredia, Alberto Cáceres, Ermenegildo Acosta, Vanesa Antonella
Torres, Pedro Heredia, Celia Rodríguez, Irma Cáceres, Mabel Heredia, Esther Campos, Federico Correa, Chichi Carrizo.
Intagram: @carandaydocumental