La vida que trasciende: fotografía, ciencia y conservación en Córdoba
Euge Marengo

Paula Taraborelli es bióloga, investigadora y fotógrafa de naturaleza. Su trayectoria muestra cómo una fotografía puede convertirse en una herramienta para la ciencia y la conservación, pero también advierte sobre los límites éticos del registro. Frente a la pérdida de bosques, los incendios y la fragmentación de los ecosistemas en Córdoba, conocer la biodiversidad es un paso fundamental para protegerla.

Vuela en un salto silencioso, y se eleva hasta la parte más alta de un árbol. Un pequeño pájaro duerme el tiempo del invierno. La cámara congela sus colores: tiene un antifaz negro que le pintó los ojos hasta su lomo: azul, amarillo, naranja. En la foto no aparecen las claves de lo que sucederá después: despierta adentro del espinillo, ahora son tantos que parecen adornos en un árbol de navidad. Amanecen y se dispersan. Lejos, tan lejos que regresan grandes, en un día que promete primavera”.

“Las cámaras comenzaron a duplicar el mundo en momentos en que el paisaje humano empezaba a sufrir un vertiginoso ritmo de cambios -escribió la ensayista Susan Sontag- y dio cuenta de cómo mientras se destruye un número incalculable de formas de vida biológica y social, se construye al mismo tiempo “un artefacto para registrar lo que está desapareciendo”. 

En la naturaleza, una fotografía puede documentar la presencia de una especie, registrar comportamientos que hasta ese momento no habían sido observados, e incluso ayudar a reconstruir los cambios de un ecosistema. Pero también puede convertirse en una amenaza cuando la búsqueda de una imagen lleva a alterar el comportamiento de un animal, invadir un nido o revelar la ubicación de una especie vulnerable.

Para Paula Taraborelli, doctora en Ciencias Biológicas e investigadora del Conicet, observar y fotografiar son dos formas de acercarse a la naturaleza. Su vínculo con la cámara nació de esa necesidad: mirar con mayor atención aquello que estudiaba. 

Su recorrido comenzó lejos de Córdoba. Nació en Tres Arroyos, en el sur de la provincia de Buenos Aires, y se trasladó a Mar del Plata para estudiar Biología. Después de recibirse obtuvo una beca del Conicet y se instaló en Mendoza, donde comenzó sus investigaciones sobre mamíferos y comportamiento. Hace aproximadamente siete años incorporó también el estudio de aves. Actualmente, sus proyectos se enfocan en estudiar la función y las interacciones de los mamíferos, aves y flora dentro de un ecosistema y al diseño de corredores biológicos con especies vegetales nativas para el aumento de la biodiversidad. 

Yo hacía observaciones y, en realidad, empecé a incorporar fotos. Ahí me di cuenta que tenía que mejorar mis fotografías, mi registro. Entonces empecé a estudiar fotografía en Mendoza. Ahí como que arranqué y me enamoré de la fotografía de naturaleza”, recuerda. 

En el año 2019 se incorporó como socia a AFONA, la Asociación Argentina de Fotógrafos de Naturaleza y recientemente, fueron seleccionados dos de sus trabajos por la Academia Nacional de Ciencias en el 4to. Concurso Nacional de Fotografía “Las Mujeres Científicas en Imágenes”.

Sorpresas que alegran el alma (2026). Revisando las tarjetas de memoria de 10 cámaras trampa, colocadas en la Reserva Sonidos del Monte (Tulumba-Córdoba). Aparece un puma, indicador clave de un ecosistema saludable.

“Magia después de la lluvia (2025).Este pequeño hongo con láminas surgió en el hueco de un tronco de espinillo, luego de días de lluvia en la Reserva Natural Sonidos del Monte, (Tulumba, Córdoba). 

Una cámara, una herramienta para la ciencia 

En los últimos años, Paula ha incorporado cámaras trampa a sus investigaciones. Las cámaras son dispositivos equipados con sensores que se activan cuando un animal pasa frente a ellos: “Esto en realidad nos permite ver un montón de especies que no vemos, que no nos cruzaríamos en el campo”, explica.

Los registros son especialmente valiosos en lugares inaccesibles o cerrados. Además de tomar fotografías, las cámaras pueden realizar filmaciones, lo que permite obtener información sobre el comportamiento de las especies: “es una herramienta súper importante”. 

La fotografía también puede contribuir a la investigación por fuera de los ámbitos científicos tradicionales. En la actualidad hay muchas aplicaciones y plataformas que habilitan que una fotografía tomada durante una caminata, en un patio o en un paisaje serrano, pueda convertirse en un dato para la ciencia. “Esto también pasa a ser parte de la ciencia ciudadana, donde empezamos a ver registros de especies como más puntuales y esto es riquísimo”.

La posibilidad de compartir información, sin embargo, tiene un límite importante. Cuando se trata de especies amenazadas o particularmente vulnerables, hacer pública su ubicación exacta puede resultar peligroso.

“Siempre hay que pensar que puede ser usado de otra manera”, advierte Paula. La información podría terminar siendo utilizada para la caza, la captura o incluso para una explotación turística descontrolada. “También está esa parte de resguardar algunos datos”. 

Durante sus investigaciones, Paula experimentó el valor científico que puede tener un registro fotográfico. Uno de esos episodios ocurrió durante su doctorado, cuando estudiaba cuises en el Parque Nacional El Leoncito, en San Juan. A partir de sus observaciones y registros pudo documentar un comportamiento que no había sido registrado para esa especie.

“Descubrí un comportamiento cuando estaba haciendo el doctorado en cuises, que no había sido registrado, que es un golpeteo con las patas traseras”, relata. Ese comportamiento solamente estaba documentado para una especie en Estados Unidos, la rata canguro. “Es más que todo como de advertencia, de defensa territorial y también a veces en la época reproductiva se da como de marcar la disponibilidad sexual”, explica. “Como advertencia del territorio, hace que no lleguen enfrentamientos, encuentros agresivos, y entonces evitan también el uso de energía innecesaria”, agrega.

Pero no todos sus recuerdos fotográficos están vinculados estrictamente a la investigación. Hay otros que conserva por lo extraordinario del encuentro.

Paula colocando una cámara trampa.

“Cuando estudiaba guanacos en Payunia, una reserva provincial al sur de Mendoza, vi una parición. Fueron 45 minutos inolvidables y ahí sí pude registrar fotográficamente”.

Fotografiar sin alterar el entorno

Del otro lado de la cámara, la espera puede sentirse como estar acorralada entre un artefacto y el silencio inmóvil de un cuerpo. Hay en la paciencia de la naturaleza un legado obligado a la dimensión humana. La espera puede irse con el día, o evocar la noche para encontrar lo que se mueve en lo que se procura quieto. Mundos enteros conviven en lo cíclico del tiempo, por debajo de la tierra, sobre lo más alto de los árboles. Pero la espera, puede hasta raspar el silencio.

Como bióloga, Paula sabe que los animales tienen una distancia mínima de tolerancia y cuando esa distancia es sobrepasada, el comportamiento cambia. “Yo considero que nunca una fotografía vale más que el sujeto a ser fotografiado, y muchas veces es mejor observarlo y quedarse con esa imagen mental, que forzar la situación a obtener una fotografía para alimentar el ego personal.”

“Cuando el individuo dejó de hacer la actividad que estaba haciendo y nos observa, -dice Paula- ahí ya algo se rompió, lo invadimos”. Ese momento debería ser una señal para retroceder.

La precaución debe ser todavía mayor durante la época reproductiva y cuando hay crías. Una presencia humana demasiado cercana puede generar estrés, modificar conductas o provocar que un animal abandone temporalmente un lugar. Incluso, hay otras formas de alteración, como el uso de grabaciones del canto de las aves para atraerlas: “con eso ya estamos cambiando y alterando su comportamiento”, advierte.

Un código de ética para fotografiar naturaleza

En AFONA, hay un código de ética para la fotografía de naturaleza. Entre sus principios se encuentra no trasladar flora, fauna, minerales o elementos arqueológicos para fotografiarlos en estudio; solicitar los permisos correspondientes cuando se trabaja con especies o en terrenos privados; y minimizar las huellas que deja la actividad humana.

“No hay que alterar la ecología del lugar, minimizando cualquier huella de nuestra actividad, es decir, dejar el lugar como estaba”, resume Paula.

Otro de los puntos que considera especialmente importante es la protección de las especies raras o amenazadas. “Hay que reservar la localización de especies raras o amenazadas, para evitar que el dato llegue a cazadores o que se termine llenando de turistas ese sitio”.

El valor de documentar la biodiversidad se vuelve necesario frente al escenario ambiental que atraviesan en general todos los ecosistemas naturales. En la provincia de Córdoba, se concentra una diversidad de ambientes y especies que enfrenta múltiples presiones: desmontes, avance agropecuario y urbano, incendios, fragmentación del bosque nativo, tráfico ilegal de fauna y modificación de los usos del suelo.

“En Córdoba hay varias especies que están en peligro, mamíferos, aves, anfibios, reptiles, peces, etc. Como también especies de nuestra flora nativa”, dice Paula y enumera algunas aves, como el loro hablador y el rey del bosque, fuertemente amenazados por la captura ilegal para mascotismo y por la pérdida de su hábitat. Y el águila coronada, afectada especialmente por la fragmentación y pérdida de hábitat.

A ellas se suman especies amenazadas como el cóndor andino y el halconcito gris, y especies consideradas vulnerables como la reina mora, el pepitero gris, el flamenco austral y el águila mora.
“En Córdoba todavía existe el tráfico ilegal de fauna, por ejemplo, en aves por el plumaje llamativo y su canto fuerte y melodioso”, explica.

Cóndor hembra en vuelo. Ph: Paula Taraborelli

Hoy, transitar determinadas rutas habilitan un paisaje de lo que queda. La transformación de territorios en medio del avance de modelos de producción que requieren del desmonte, y la urbanización descontrolada, emergen como piezas esenciales de un sistema que avanza a costa de la vida. 

A la fragmentación de los bosques nativos, dice Paula, se le suman los incendios forestales, vinculados también con períodos prolongados de sequía. “Estos últimos reducen el hábitat y el alimento disponible”. 

En este escenario, registrar qué especies están presentes, dónde aparecen y cómo se comportan puede convertirse en una herramienta fundamental para conocer aquello que todavía permanece y, también, para advertir sobre lo que está desapareciendo.

Portada del libro Curiosidades de las sierras, de Paula Andrea Taraborelli (Vazquez Mazzini Editores), una obra dedicada a la divulgación de la fauna y biodiversidad serrana.

Sin monte no hay vida

Cuando piensa en un ave que pueda representar la urgencia de conservación en la provincia de Córdoba, Paula dice que elegiría el águila coronada. De cuerpo gris, con un penacho en la nuca, de alas anchas y largas, su pico es negro, sus ojos de color pardo y las patas amarillas. Pueden medir hasta 85 centímetros y las hembras son más grandes que los machos. Su vuelo alto planea sobre los cerros envueltos de viento. Para esta especie son fundamentales árboles como los caldenes, algarrobos y quebrachos, utilizados para nidificar. 

Sin embargo, su situación es crítica ante la realidad actual de su hábitat fragmento y destruido. “Por el avance de la agricultura, incluyendo el uso de agroquímicos, por el cambio en el uso del suelo, la ganadería, la construcción de nuevas carreteras y nuevos loteos, e incendios”, agrega Paula. Todo ello conduce a una pérdida progresiva del bosque nativo, que constituye su hábitat y también determina la disponibilidad de alimento. 

A su vez, existen muertes por electrocución en tendidos eléctricos, o el ahogamiento en tanques australianos. “Se están implementando en varios campos el agregado de rampas de alambre tejido para que puedan salir sin inconvenientes”. 

A esto se suma la caza ilegal y el envenenamiento con cebos tóxicos, muchas veces asociado a la creencia de que el águila coronada depreda sobre el ganado Sin embargo, los estudios sobre su alimentación muestran otra realidad: “Su dieta comprende serpientes, armadillos, lagartos y zorrinos, es decir que son muy importantes para el control biológico en los campos”.

Frente a este escenario, hay experiencias que permiten pensar en estrategias de conservación. Paula destaca la creación de corredores biológicos, reservas provinciales, municipales, urbanas y privadas como espacios capaces de conectar ambientes y reducir los efectos de la fragmentación.

Los corredores biológicos son -explica-, “una franja angosta de tierra que difiere de la matriz circundante, es decir, del ambiente que rodea y contiene los distintos hábitats, y que permite establecer una continuidad entre dos parches de hábitat semejantes”. En paisajes donde los ambientes naturales se encuentran fragmentados, estos corredores funcionan como conexiones que permiten vincular áreas que, de otro modo, quedarían aisladas.

La importancia de estos espacios radica en esa capacidad de conectar. “Se entiende que los hábitats fragmentados pero interconectados por corredores tienen mayor valor de conservación que los meros fragmentos aislados”. En este sentido, los sitios prioritarios para la conservación son aquellas áreas que reúnen valores ecológicos, biológicos y socioculturales considerados de gran o crítica importancia a escala local, regional o global.

La conservación implica, así, no solo preservar fragmentos de bosque, sino también las relaciones ecológicas que permiten la existencia y el desplazamiento de las especies. La clave es proteger nuestro bosque nativo, contraponiéndose al avance del desmonte”, resume.

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Hacer fotografía, escribió Susan Sontag, “es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa”. En la naturaleza, aprender a observar se vuelve esencial para comprender la fragilidad de aquello que nos rodea y a la vez, nos sostiene. Esa imagen que certifica el comportamiento de una especie o el descubrimiento de otras formas de vida, también integrará aquel registro que atestigua, como dijo Sontag, “la despiadada disolución del tiempo”. 

Euge Marengo

29/08/2026

Euge Marengo

Hace nueve años que vive en Capilla del Monte, al norte de la provincia argentina de Córdoba. Es Licenciada y profesora en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Magíster en Historia y Memoria (UNLP) y Doctora en Ciencias Sociales (UNLP). Trabaja en la cooperativa de comunicación Viarava de Capilla del Monte y colabora con artículos periodísticos y foto reportajes en diferentes medios digitales.

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