“La nueva semilla es fiel. Arraiga con más fuerza en los lugares que están más vacíos”, escribió Clarissa Pinkola Estés en El jardinero fiel. En Villa Pueyrredón, un grupo de vecinos encontró tierra donde antes solo había pasto y, junto a las vías del tren Mitre, cultivaron algo más que una huerta. Seis años después, entre aves, flores nativas e insectos, “La Unión” es un refugio de biodiversidad y encuentro. La Legislatura porteña la reconoció, pero todavía le faltan agua, presupuesto y certezas sobre la tierra que habita.
Es domingo y en Larsen al 3200, pegado a las vías del Mitre en Villa Pueyrredón, la Huerta La Unión cumple seis años. El festejo es libre y gratuito, como todo lo que pasa ahí adentro. Hay un taller de huerta agroecológica, un puesto de plantas nativas, música en vivo, sorteos y algo para comer hecho de manera artesanal. Los chicos del barrio arman, entre risas, un hotel de insectos. Nada en la escena sugiere que, apenas seis años atrás, ese mismo lugar era un terreno de pasto que Trenes Argentinos mantenía cortado al ras, como quien cuida un jardín sin nadie adentro.

El 27 de septiembre de 2020 hacía frío, había viento y caía una llovizna finita, de esas que no mojan pero molestan. Un grupo de vecinos de Villa Pueyrredón había decidido, de todas formas, instalar ese día el primer bancal de cultivo sobre ese mismo montículo de tierra, en el borde de la General Paz. Era un espacio vacío que usaban para tomar sol, caminar o pasear a sus mascotas. No había árboles, ni plantas, ni cerco. Solo pasto y, del otro lado de un alambrado inexistente, los trenes.
Lo primero que encontraron esa mañana no fue tierra fértil, sino a un vecino que había llamado a la policía. Pensó que iban a construir algo, quizás un asentamiento. Llegó el patrullero, hubo una charla breve, y cuando quedó claro que el plan era plantar acelgas y no levantar paredes, todo se distendió. Dejaron el primer bancal armado esa tarde lluviosa, con los plantines que venían cuidando en sus casas desde semanas antes. Así nació la Huerta La Unión, con Luciana Val entre quienes se sumaron desde el primer día.
No fue un proyecto bajado desde algún programa municipal, sino la salida más a mano que encontró un grupo de personas que, en plena pandemia, necesitaba estar afuera.

Cuánto verde le toca a cada porteño
Cuando empezaron, no había nada que restaurar porque no había nada. Solo pasto cortado, sin un árbol, sin una flor, sin una sola planta que no fuera la que ya crecía en la vereda de enfrente. Para Andrea Caldararo, integrante de la huerta, ese es el punto. “Un espacio verde no es un espacio con un pasto corto, como son todos los bordes ferroviarios o como los parques y plazas que tienen cada vez canteros más chicos y son más de cemento”, explica. “Los espacios verdes son biodiversos, tienen nativas, hay espacios donde dejamos que la naturaleza se exprese, creamos biocorredores”.
Según los datos oficiales de la Dirección General de Estadística y Censos porteña, la Ciudad de Buenos Aires tenía en 2023 un promedio de 7 metros cuadrados de espacios verdes -dependientes del Gobierno porteño- por habitante. La Comuna 12, que incluye a Villa Pueyrredón junto con Saavedra, Coghlan y Villa Urquiza, estaba apenas mejor que el promedio de la ciudad, con 8,09 m² por habitante ese mismo año.
La propia Ciudad dejó de actualizar esta serie después de 2023 por, según consta en su ficha técnica, “la periodicidad irregular en el envío de la información por parte del proveedor”.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) no tiene una recomendación oficial única sobre una cantidad fija de metros cuadrados de espacio verde por habitante. Las cifras de 9 m² o de 10 a 15 m² se repiten popularmente, pero no figuran en un documento normativo formal del organismo. Aún así, con esa vara informal, tanto el promedio porteño como el de la Comuna 12 quedan por debajo.
Esa medición cuenta superficie, no calidad, y no dice cuánta biodiversidad hay en cada metro cuadrado. La Unión, por ejemplo, no figura en esa serie. El terreno pertenece a Trenes Argentinos y, según sus integrantes, su situación sigue sin formalizarse. Es un corredor de biodiversidad que creció por iniciativa de los vecinos y no por una política pública.
Rieles y raíces
En su libro Biodiversidad urbana (2013), los investigadores Diego Garay y Leonardo Fernández, de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), sostienen que una ciudad no tiene espacios verdes sueltos, sino todo un sistema. Lo componen tres piezas. Los corredores de biodiversidad, que pueden ser de río, de calle o de tren. Los nodos, que son las plazas, los parques y las reservas. Y los enlaces, zonas intermedias que unen unos con otros por su valor ambiental.
Cuando el suelo se tapa de cemento, se esteriliza o se corta con barreras, la flora y la fauna se “banalizan” (esa es la palabra que usan los autores para el empobrecimiento que termina en desaparición). Una franja continua de vegetación funciona al revés. Por ahí circulan semillas, insectos y aves entre parques y reservas que, sin esa conexión, quedan aislados.
Los autores también recurren en su libro a Salvador Rueda, quien sostiene en “Los principios de la sostenibilidad” que una ciudad es rica y compleja cuando abunda en información, y que los seres vivos, igual que las personas, son “portadores y transmisores de información”.
Entre esos corredores, los ferroviarios ocupan un lugar especial. La red de trenes nació en la segunda mitad del siglo XIX y trazó conexiones entre la ciudad y el campo. Según el libro de Garay y Fernández, la mayoría de los ramales mide más de 20 metros de ancho, con un sobrante de suelo junto a los rieles. Y donde nadie interviene, las plantas llegan solas.
Michael Hough, autor de Naturaleza y ciudad (1998) -a quien los autores citan-, señaló que estos espacios suelen alojar especies que no aparecen en tierras con cuidado de jardinería, y que funcionan como corredores por donde migran las plantas, los animales y también las personas. Quienes viven alrededor se benefician, aunque no siempre lo sepan.
El libro Biodiversidad urbana (2013) enumera lo que hacen los sistemas vivos por una ciudad: descomponen residuos orgánicos, forman suelo, frenan la erosión, polinizan plantas, controlan plagas, regulan el clima y capturan dióxido de carbono. Por eso Garay y Fernández proponen proteger el verde que ya existe, ampliar las superficies y fortalecer los corredores, entre ellos los ferroviarios. El terreno del Mitre, en Villa Pueyrredón, es uno de esos bordes.

En La Unión, el trabajo de seis años se nota, sobre todo, cuando hay poca gente. Cuando uno viene solo o con un amigo, cuenta Luciana, “te encontrás con sorpresas”, como una lechuza, un pájaro carpintero o muchas más mariposas que antes. Cuando el lugar se llena, como en el festejo o cada sábado de trabajo voluntario, los animales se esconden. En soledad, dice, es “casi como en una reserva ecológica”. Andrea habla de “cualquier cantidad de aves que no se observan en otros puntos de la ciudad” y de “plantas que están muy ausentes del paisaje urbano”.
Franco Musso, pareja de Luciana y parte del grupo que arrancó el proyecto, menciona a los colibríes. “En verano, acá está lleno”, dice. Para él, “los polinizadores son fundamentales, sin abejas no hay vida”, y por eso plantan muchas flores “para que haya mucha diversidad”.

Semillas y saberes
Una integrante de la huerta participa del proyecto “Al rescate del tomate criollo” de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), cuenta Luciana. De ahí llegan semillas que la huerta reproduce y devuelve.
La Unión también integra Interhuertas, una red de huertas urbanas que, según Lorenzo Compaño Distasi, técnico en biodiversidad, cubre huertas de la Ciudad y de otras provincias. Andrea reconoce, sin embargo, que todavía no lograron actuar de manera articulada, algo que “también nos limita”.

En 2025, Andrea y Lorenzo llevaron la experiencia de La Unión al Cuarto Congreso de la Sociedad Argentina de Agroecología, en Jujuy, donde la presentaron como un modelo de “triple impacto”. Según Andrea, el impacto es social, por el espacio de comunidad y aprendizaje. Es ambiental, por las aves, los insectos y las plantas que volvieron al lugar. Y es económico, porque toda la infraestructura de la huerta está hecha con material de descarte, como pallets, tierra de volquetes y residuos de la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE).
“En general lo que hay es mucha gente del ámbito productivo o del ámbito científico, y huerta urbana hay muy poco”, explica Andrea sobre el público del congreso. Su caso muestra que la restauración ecológica en la ciudad también puede nacer de vecinos que deciden hacerla ellos mismos.

Un diploma para una tierra sin papeles
Hace poco más de un año, la Legislatura porteña declaró a la huerta de Interés Social y Ambiental. Lorenzo cuenta que en la huerta buscaban “herramientas que nos den algún tipo de protección y sustentabilidad en el lugar” y que este reconocimiento fue una de ellas. Lo define como “un reconocimiento a los vecinos” y admite que es “simbólico”, aunque les da más visibilidad. “Pusimos cartelería con el diploma”, explica, para que los visitantes sepan que La Unión “no es casualidad” sino que “está armado estratégicamente”.

Lo que el papel no resolvió es la situación del terreno. Según Lorenzo, la huerta le presentó el proyecto a Trenes Argentinos (dueña del predio) y el tema “quedó en un gris”. Cuando se puso el alambrado, les dijeron “ustedes se quedan a cargo de esto”, pero “no está oficial”. Esa es la paradoja que atraviesa la historia de La Unión. Creció sobre un terreno de Trenes Argentinos sin papeles que lo formalicen y hoy la Legislatura porteña la reconoce como un espacio de interés social y ambiental.
Desde el primer día hasta hoy, La Unión no tiene una fuente de agua fija. Riegan con mangueras que les prestan vecinos, conectadas de punta a punta de un terreno de casi tres cuadras de largo. Durante años, el agua vino de la generosidad de José Luis, un vecino de la esquina que, cuando falleció hace un par de años, recibió un homenaje de la huerta entera: le plantaron un árbol en la puerta de su casa.
“Siempre fue el punto más difícil”, cuenta Lorenzo. Franco lo explica así: “Trenes ya nos cedió el espacio”, pero para conseguir una canilla tendrían que ir a la personería y hacer “muchos trámites”, una asesoría legal, “mucho lío”. “Somos más hippies en eso”, resume.
Tampoco hay sustento económico institucional. La Unión se sostiene con una billetera virtual donde los propios integrantes hacen aportes, con donaciones sueltas de sustrato o de plantas y con la venta de plantines de su propio vivero de nativas. Antes el INTA les daba semillas. Ya no. “Ya sabemos cómo es la situación, no hay plata”, dice Franco, sin demasiada sorpresa, como quien ya incorporó el recorte como una condición más del paisaje.
Más escuela que cosecha
Con entre 30 y 40 personas activas hoy, contra las cinco o seis que empezaron, La Unión no es en sí un proyecto de autoabastecimiento. “No hay tanta cosecha, es mucho más escuela”, dice Franco, “mucho más a pasar un buen momento y salir del departamento, de los teléfonos”. Aún así, cuando el tomate entra en temporada, la tierra responde. “Los tomates salen y salen y salen”, cuenta. Hay días en que llegaron a cosechar siete kilos. También hay una nena que se enamoró de los pepinos amarillos y se llevó uno a upa.
En la Ciudad ya hay “bastantes” huertas organizadas, dice Franco, y estaría bueno que sigan replicándose, “más que nada por lo social”, agrega. En los aniversarios siempre hay algo para los chicos. Este año fue un hotel de insectos. Varios chicos hacían de guías para los visitantes, entre ellos el hijo de uno de los vecinos voluntarios que participan del espacio.
El hotel de insectos que arman las infancias en los festejos es una manera muy concreta de explicarles por qué un bicho que parece una molestia es, en realidad, parte de lo que respalda todo lo demás.

El logo de la huerta, un sol y una luna, nació de algo que vieron las primeras veces que pisaron el terreno. El espacio es muy alargado, de unas tres cuadras, y hay un momento del año en el cual el sol se pone en un extremo mientras la luna sale por el otro, cuenta Luciana. “Parecía un poco escenográfico, como un cuentito”, detalla. “Era como muy mágico eso”.
Esa es, de alguna forma, la imagen de lo que es hoy La Unión. Una semilla que arraigó donde no había nada y que, seis años después, sigue ahí para sostener todo lo que crece alrededor.